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El legado de las pastoras sabias del Bajo Lozoya

manos y bastón
Juana García Martín
Juana García Martín
Eugenia García Gonzalez
Eugenia García González
María García Encina
María García Encina
Clara Benito Pacheco y Juana Ramírez Ramírez
Clara Benito Pacheco y Juana Ramírez Ramírez, dos generaciones de pastoras
Felisa García Nogal
Felisa García Nogal
Alfonsa Valle García
Alfonsa Valle García, con su capote de pastora
Dionisia Isabel del Moral
Dionisia Isabel del Moral
Ana Ruiz de Ozaeta
Ana Ruiz de Ozaeta

Años 40 y 50 en la Sierra Norte de Madrid, la llamada entonces Sierra Pobre. Niñas pastoras de El Berrueco, Cervera de Buitrago, El Atazar, Cinco Villas y otros pueblos de la comarca del Valle Bajo del Lozoya asumen con apenas 10 años, forzadas por la necesidad, la tarea de cuidar y llevar los pequeños rebaños de cabras y ovejas de sus casas para poder contribuir a la subsistencia familiar. A costa de mucho esfuerzo temprano, a veces también de “mucho miedo” en la soledad del monte, pero sobre todo de muchos sacrificios, empezando por la posibilidad de ir a la escuela, que les fue negada a la mayoría: “¿Qué podíamos hacer? ¡Otra cosa no teníamos!”, dice hoy Felisa García, sonriente, apoyada en su viejo bastón de pastora.

Los testimonios de aquellas niñas, hoy octo y nonagenarias ―Anastasia, Eugenia, Juana, Alfonsa, Felisa, Aquilina, Dionisia, María, Isabel, Juana y Cecilia―, hilvanan el documental El legado de las pastoras (2024), un trabajo de la Mancomunidad del Embalse del Atazar junto al equipo técnico de La Proyectora de Ideas, que fue el más visionado del pasado Festival de Cine y Mujeres Rurales.

Desde la Mancomunidad, María Julián Prados, directora del documental, y Sagrario Alonso, coordinadora de la entidad, hablan del hallazgo casual de este legado. Fue al preparar uno de sus “itinerarios guiados por nuestros pueblos para dar a conocer el patrimonio natural y cultural”. Querían hacer una ruta relacionada con la mujer rural, y al investigar empezaron a aflorar todas estas historias de antiguas niñas pastoras de la comarca que, aunque en muchos casos no se conocían entre sí, compartían ese pasado, y “un lenguaje y una sabiduría comunes”. Ese itinerario, que llamaron La Pastora y la Luna (se realiza bajo la luna llena en verano), fue la puerta a colaboraciones con colegios y otras entidades, siempre con presencia de algunas de las pastoras protagonistas. Luego, con una ayuda para la salvaguarda del patrimonio cultural inmaterial, del Ministerio de Cultura, surgió el documental y una exposición fotográfica, obra de Cucuflash Foto Estudio.

Sagrario destaca la generosidad de las pastoras, “ese abrirse a contar todo”, y el trabajo de María con ellas, “logrado desde el cuidado, la escucha, la sensibilidad”. Y María habla, a su vez, del cariño bidireccional entre el público ―emocionado a menudo al verlas y oírlas, e identificar sus vidas con “historias de sus padres o sus abuelos”― y las pastoras, felices de formar parte de este proyecto y de esta nueva comunidad encontrada, y orgullosas de sentirse escuchadas y valoradas. Especialmente por pastoras actuales, como Ana Ruiz de Ozaeta (Prados Montes) y Clara Benito (Entrelobas) ―destacadas actoras de esa corriente de pastoreo regenerativo, “que está mirando mucho al pasado para recuperar todos esos manejos que se hacían antes y utilizarlos a día de hoy”, explica María―, quienes hablan de estas pastoras “sabias” (que no “mayores”) como una inspiración absoluta. “Para mí son heroínas”, dice Ana Ruiz en el documental.

Estas imágenes de la exposición emanan su humanidad, reveladora superficie de un legado que la Mancomunidad del Embalse del Atazar está abierta a compartir con otros actores y organizaciones que se lo soliciten y deseen descubrir la hondura de esta huella.

Texto: Javier del Peral / Imágenes: Mancomunidad del Embalse del Atazar – Cucuflash Foto Studio